Correr y Yoguear

Por: Jero Elbitar

Hace algunos años, cuando comencé a correr lo hice por moverme, hacer ejercicio y relajarme. En esos días estaba muy estresado. Me habían corrido del trabajo y llevaba meses sin hacer nada más que estar sentado frente a la computadora enviando decenas de curriculums diariamente. Obviamente estaba preocupado y deprimido aunque no lo sabía.

Un día mi pareja de aquel entonces me hizo reflexionar y darme cuenta que no podía seguir así. Ella corría e insistía en que una mañana la acompañara, pero yo me rehusaba. Una noche me quedé a dormir en su casa y al levantarnos a la mañana siguiente me dijo que bien podía acompañarla a correr o irme a mi casa a sumergirme en mi miseria. Tras pensarlo unos minutos me puse los pantalones bombachos que usaba en aquella época –no pants–, tennis y me fui con ella a los viveros de Coyoacán. Al acabar estaba eufórico, sentía mis piernas y la espalda estaba más suave, mi corazón palpitaba a 1000/hr y mi cerebro había liberado suficientes endorfinas para hacer feliz a un elefante. Así que básicamente me sentía vivo, lo que a su vez me hacia ver los problemas un poco menos graves. Al día siguiente me dolía absolutamente TODO, por lo que no fui a correr -grave error- así que el dolor duró un par de días más. Pasaron semanas sin que me acercara al parque y volví a caer en ese estado anímico que no me era ajeno. Cuando lo noté, me armé de valor y al día siguiente me levanté a las 6:50 de la mañana, a eso de las 7:00 ya estaba en el parque México comenzando a correr, o lo que yo creía por aquel entonces que era hacerlo. A los 10 minutos estaba muriéndome pero continuaba bajo la promesa de que me sentiría bien. Cuando acabé volví a sentir esa sensación de bienestar, respiraba más y profundo. Mientras me duchaba sentía el agua clavarse como agujas en las piernas y pasé el resto del día de muy buen humor. Por todo eso, las mañanas siguientes aunque dolorido y casi sin poder caminar me levanté de la cama a la misma hora y como podía me iba a correr. Yo ni calentaba, no tenía idea de lo que tenía que hacer. Al tercer día le hablé a mi primo quien corre desde hace años y ya ha hecho unos cuantos maratones. Le pedí sus sabios consejos y me envió un programa de entrenamiento para correr 10K en 12 semanas o algo así. Por lo que me di cuenta que debía tomarlo con calma, que como el yoga y la vida, el running también es paulatino.

Cumplí casi a rajatabla el programa que me pasó, así que una o dos semanas después de lo prometido, estaba corriendo los 10K. Continué así por unos meses en que lo único que hacía era correr, como ya te dije no tenía trabajo; lo que se traducía en no tener ingresos, así que por el momento ir a clases de yoga tenía que esperar.

Meses después de estar corriendo, comencé a tener molestias en la rodilla izquierda y a los días se convirtió en un dolor que prácticamente no me permitía caminar. Nuevamente llamé a mi “guru” del running, quien me recomendó a su entrenador, a quien ya conocía. Un médico del deporte y fisioterapeuta con muchos años de experiencia en eso del correr, -quien años después acabaría siendo mi alumno- así que me fui a verle.

Básicamente vi al diablo cuando me puso el dedo encima y preguntó; ¿te duele allí?

¡Vamos! fascitis plantar, síndrome de banda iliotibial y quién sabe cuanta cosa más. Me explicó sobre los efectos que tenían mi pie plano y el juanete en los desequilibrios que se generan en el cuerpo debido a la repetición del acto de correr. Y es que el corredor promedio golpea el piso unas 625 veces por km. Entre 50 y 70 veces por minuto, por pie, con una fuerza de dos a tres veces el peso del cuerpo y aunque los pies son el punto inicial de contacto, el impacto se extiende a lo largo del cuerpo. De tal manera que correr afecta todos los músculos, tendones, ligamentos y estructura ósea del cuerpo. Me mandó un tratamiento y a descansar, muy a mi pesar tuve que dejar de correr por un tiempo.

Si eres corredor o corredora, estoy seguro que la historia anterior no te suena nada ajena, bien sea porque hayas vivido una similar o conozcas a alguien que la haya sufrido.

Ahora bien, ya conoces muchos de los beneficios del correr, de echo acabo de nombrar algunos. Otros por ejemplo son el control del peso; correr es una de las formas de ejercicio más efectivas para mantener el peso, se pierden unas 60 calorías por kilómetros, así que al correr 10 km perdemos alrededor de 600 calorías.

También mejora la salud cardiovascular; ayuda al corazón haciéndolo fuerte y eficiente. Correr puede disminuir la presión arterial y ayuda a las arterias a mantener su elasticidad. Mejora la circulación de la sangre y aumenta el buen colesterol. Por todo esto correr reduce los riesgos de tener un infarto –aunque aveces se siente como si lo fueras a tener mientras lo haces–.

Mejora la salud de los huesos, correr ayuda a mantener la masa muscular y a ello los huesos responden haciéndose más fuertes al tener una actividad de carga como lo es el hacer yoga. Puesto que la persona trabaja con su propio peso en contra de la gravedad, lo que hace que músculos y huesos sean más fuertes, reduciendo así el riesgo de padecer osteoporosis.

Ayuda en el manejo del estrés; ya que ayuda a dormir mejor y a descansar. Al correr como leiste y si no prestaste atención, te enteras; se liberan endorfinas, lo que genera una sensación de euforia y nos hacen sentir bien.

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Pero, ¿conoces los beneficios del yoga en los corredores?

A lo largo de estos años como practicante y maestro de yoga me he dado cuenta de los beneficios que tiene este en mi vida y en la de las personas que lo practican. Desde ejecutivos, diseñadores y publicistas, pasando por amas de casa, músicos, y un largo etc… En el caso de los deportistas o personas que practican algún deporte no es la excepción. Por muchas razones el yoga es el complemento perfecto para cualquier actividad que realicemos. Aunque en este caso lo enfocaré a los corredores.

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El yoga como un entrenamiento preventivo.

No ha sido mi caso, ya que comencé a correr después de practicar yoga, pero la mayoría de los corredores comienzan a hacer yoga por recomendación después de sufrir una lesión, lo que claro está, ayuda a potenciar los efectos de cualquier terapia. Pero, ¿qué sucedería si practicaras yoga con ese enfoque antes de padecerla?

Imagínate que estás corriendo y comienzas a sentir una molestia en tu rodilla izquierda. Para muchos lo normal sería pensar; “si sigo corriendo más y más rápido, se me quitará” hasta que un día acabas dando gritos de dolor.

Una vez que comienzas a practicar yoga, quizás en vez de seguir corriendo como si nada, bajas el ritmo y comienzas a observar y darte cuenta de dónde viene la incomodidad –porque viene de algún lugar, no apareció de la nada como OVNI sobre el Tepozteco–. Te das cuenta que tienes cierta tensión en la espinilla y de repente recuerdas que la semana anterior notabas un pinchazo en el empeine, a lo que tampoco le hiciste caso porque pensaste que quizás no habías calentado lo suficiente. Pero sigues investigando y subitamente; ¡BAM! como si fuera una señal Divina, te das cuenta que llevas semanas en la que tu cuerpo ha estado mandándote alertas. ¡ALGO ESTÁ PASANDO!, te decía. Quizás comenzó como una inflamación en la planta del pie o algo más, pero ahora puedes tomar cartas en el asunto antes de que se genere la lesión. A medida que avanzas en la practica de yoga, te vas haciendo más consciente de tu cuerpo, por lo que será más fácil darte cuenta de cualquier señal que este envíe.

Al practicar yoga aumentas tus niveles de movilidad, fuerza, estabilidad, coordinación y propiocepción, incrementando así tu consciencia corporal, por lo que es más fácil que te des cuenta de cualquier molestia en el cuerpo antes de que llegue la lesión.

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