La persona que Yoga ha hecho de mí

Por: Verónica Escalante Llaca

No tengo una fecha exacta de cuándo comencé a hacer yoga. No fue hace mucho, diez u once años. Recuerdo mis primeras clases en que no podía cantar un mantra sin morirme de la risa, sin dejar de pensar en lo que se había fumado el maestro o la maestra. Me pedían que cerrara los ojos  para meditar, para respirar, y yo no podía dejar de abrirlos para examinar lo que hacía la gente a mi alrededor. Me cuidaba en el Savasana de no quedarme dormida y que me dejaran ahí en el salón. Hacer el Atmanjali mudra y mi pensamiento burlón de: parece que estoy en misa, o este “teacher” es un sacerdote frustrado, o una monja fuera de convento. ¿Qué demonios hago cantando cosas en un idioma que ni entiendo, con unos dioses ridículos con cuerpos de animales, o cabeza de elefante? Y encima, la educación católica asaltándome y diciéndome que probablemente era pecado estar adorando a un montón de dioses, y que más que ejercitada acabaría en el infierno si seguía yendo a ese lugar “sagrado”.  Casi lo olvido: en ese lugar sagrado la gente estaba descalza, ¡DESCALZA! Yo que lo primero que metía en mi maleta eran las chanclas para bañarme en los hoteles, que en las albercas jamás caminaba sin sandalias por aquello del hongo o el pie de atleta, ahí estaba en un sitio con olor a pies y las ventanas cerradas… Mi estrategia entonces era: entro con calcetines, me los quito en mi tapete y cuando termine la clase me los vuelvo a poner. Y entonces qué pasa: Que en la segunda clase se acerca alguien a platicar conmigo con sus pies —patotas— sobre mi tapete, creo que no entendí nada de lo que me dijo porque no podía dejar de pensar que estaba pisando mi propio espacio SAGRADO, moviéndose por todo el lugar: Si vas a pisar mi tapete, pensaba, por lo menos no te muevas. Empieza la clase, la intrusa deja de pisar mi mat, y la maestra comienza en postura de niño, lo que quiere decir que yo tenía que poner mi carita en el mismo lugar donde antes habían estado los pies de alguien que, esperaba en Dios, por lo menos se hubiese bañado, ni pensar en un ojo de pescado. Lo confieso: durante toda la clase me pasé moviendo mi toalla de lugar (para poner en ella mi cara), cuando tocaban posturas boca abajo. Nueva estrategia: no desenrolles tu tapete hasta que la clase comience, así nadie lo pisa, y eso hice no se si dos o tres clases más. Pero eso no era todo: el maestro o la maestra te tocaban, y no sólo te tocaban, lo hacían después de tocarle los pies a medio salón o masajear cuerpos sudorosos. No conforme con todo lo anterior estaba el vegetarianismo: estás en un trikonasana con la cabeza hacia el techo, el maestro pegado a tu cuerpo, abriendo tu pecho, con su boca a la altura de tu nariz y con ese aliento a ajo con curry te dice: “Imagina que estás dentro de un tostador”, y por tu cabeza la imagen que transcurre es la de un sándwich lleno de plantas, cebolla y —por lo menos— tres dientes de ajo. Dos semanas después llego a una conclusión: yoga no es para mí, pilates es la opción: mismas posturas, calcetines durante la clase, el maestro no te toca, o poco, nada de mantras ni jaladas de esas, nada de rezos y ofrecimientos a, ¿cómo dijo que se llamaba? Ganesh… ¿qué? Mi alma seguía por el buen camino, libre de adoraciones paganas, cantos en idiomas impronunciables, o de meditaciones y respiraciones raras…

No, la cosa no funciona así: nunca haces yoga por primera vez, lo cierto es que recuerdas el yoga, no lo aprendes, y una vez que tu alma recuerda que en realidad sí es un camino sagrado, no te deja escapar: Verónica tienes un tumor en la tiroides hay que operar de inmediato. Un mes después de la operación regreso al club a hacer algo leve de ejercicio, y me encuentro con la primera que fue mi verdadera maestra en este camino: Beth Grover, y me dice: —Yo también estoy enferma de la tiroides, pero no tomo nada y me he mantenido con yoga—. Antes de que yo pudiera decir que no me gusta el yoga, Beth ya estaba en postura de la vela diciéndome que tenía que hacerla todos los días en cuanto terminara de sanar mi herida, y que ella hacía yoga en su casa y podía ir a sus clases. Fui, regresé a yoga. Estoy segura que mi alma se encargó de buscar el modo. Beth se va a vivir a España, y el universo me manda a mi segunda maestra: Carmina, y en la sala de su casa hacíamos yoga dos o tres alumnas. Y después llegó Beatriz Alvarado.

¿En qué momento dejé de sentirme ridícula al cantar un mantra? Cuando me mandaron a estudiar Kundalini… El universo dijo: “Así que ya te sientes bien con Hatha y Ashtanga, es más lo disfrutas y como aquí de lo que se trata es de trabajar, ahora vas a tomar clases de Kundalini, para que veas lo que es sentirse absolutamente ridículo. Te vas a poner un turbante, vas a hacer muchas más respiraciones ridículas, los maestros van a dejarse crecer todos los pelos, las barbas, vas a decir muchos mantras, muchas palabras que no vas a entender, te voy a mandar maestros que al más puro estilo del Rey León, van a repetir todo el día: Wahe Gurú, como si se tratara de Hakuna Matata, te van a levantar a las cuatro de la mañana a hacer Sadhana y a hacer rezos todavía más extraños, en un libro que (aunque sean copias fotostáticas) no vas a poder dejar en el piso, no vas a usar tapete sino piel de borrego, y te vas a entrenar en la paciencia, la tolerancia, vas a conocer un montón acerca de ti, te vas a enojar mucho, vas a llorar, y te vas a convertir en maestra de yoga.” Claro que todo este rollo lo digo ahora en retrospectiva, porque lo que en realidad pasó es que recibí un mail de un curso de yoga kundalini, seguido de la llamada de una de mis hermanas de vida, diciéndome que nos teníamos que meter a ese curso. ¿Y qué demonios es el kundalini?, pregunté, obteniendo como respuesta un simple: Ya verás. El universo sabe a quién enviar de mensajeros. Y por si no había entendido de lo que iba yoga, lo iba a entender en el Hard Way.

Para no hacer más largo este escrito, todo se resume a lo siguiente: Yoga me ha hecho mejor persona, me ha quitado un montón de, ahora sí, ridiculeces mías: fijarme en cosas como los pies descalzos y los olores.

Mi tapete fue mi mejor terapeuta a la muerte de mi padre y con la enfermedad de mi madre, y en la mayoría de los problemas que he tenido que enfrentar. Se convirtió en mi compañero de viaje, en mi lugar de estudio en las certificaciones, mi paño de lágrimas, lugar de convivencia donde, sí, todos están descalzos. Yoga me devolvió el sentido del tacto y comencé a tocar a las personas, y hasta a alinear sus pies (excepto un alumno que sí tenía hongos).

Entendí que yoga no se aprende, se vive.  Los mantras no se cantan, se vibran, y sus palabras están escritas en algún lugar de nuestra alma, y su vibración enciende nuestro ser.

Después de escribir todo esto seguro me quedaré sin amigos y me regalaran una suscripción a la casa de la risa, eufemismo para no decir manicomio, pero este ha sido mi paso por lo que se ha convertido en el momento más sagrado de mi día, donde me conecto conmigo y con la totalidad, donde trabajo un montón de temas que tengo que trabajar, y donde mi alma es feliz, plena, completa.

 

Namaste.

 

 

Mamá de Ana, Luis, Montse y Juan Pablo y esposa de Luis. Radica en la ciudad de Querétaro. Escribió durante ocho años una columna diaria, Mi Ciudad,  en el periódico AM, donde también colaboró con reportajes y fue parte del consejo editorial. Durante dos años más escribió otra columna, en el mismo medio, Vivir a diario.  Colaboró algunos años en el semanario político Nuevo Milenio.  En la revista Expansión tenía un espacio llamado: Detrás del frente. Por su trabajo en prensa fue becada en 2003, por la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano de García Márquez, en Cartagena, Colombia.  Ha sido publicada en antologías de cuentos: Azul, ventanita de cielo y en la revista Maga de Panamá, en el libro Querétaro en su tinta, y en el libro homenaje al pintor Restituto Rodríguez. Dirigió la revista Ser y estar. Su trabajo como dramaturga se ha puesto en escena. Finalista en el concurso literario Caza de letras.  Trabajó algunos años en radio. Cuerpos en renta, fue su primera novela, publicada por ediciones B. Dirige un taller literario. Es ganadora de la novena edición del Premio Nacional de Novela Negra Una vuelta de tuerca, con la novela La simetría de los árboles.

Es maestra de yoga kundalini, tiene una certificación en Soul Yoga Vinyasa, y en Laboratorio de Vinyasa, así como en Art and Yoga.

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